El flujo, la bellota y el pensamiento lateral en el coaching.
En todo proceso de crecimiento —ya sea personal o profesional— llega un momento en el que no basta con mejorar las competencias, definir objetivos o perfeccionar estrategias.
Llega un momento en el que no solo debemos cambiar, sino transformarnos.
Esto ocurre en la vida, al igual que en las organizaciones: cuando una identidad llega a su fin y surge una nueva posibilidad.
Es en estos momentos de sutil transición cuando el coaching no es solo un proceso: es un puente hacia la identidad, un proceso que acompaña a las personas, a los equipos y a los líderes a reconectarse con lo que realmente les mueve, a recuperar la capacidad de actuar, el rumbo y el sentido.
En el coaching personal, apoya a quienes están atravesando una etapa de renacimiento personal o un cambio profundo, mientras que en el coaching empresarial, acompaña a profesionales y líderes en momentos críticos: nuevas responsabilidades, redefiniciones de funciones, cambios organizativos, decisiones estratégicas, reubicaciones, agotamiento o pérdida de motivación.
En ambos casos, el objetivo no es «resolver un problema», sino sacar a la luz la versión más madura del coachee: aquella que está tratando de abrirse camino bajo la superficie de la crisis o del cambio.
Dentro de este modelo, el «flow» de Mihály Csíkszentmihályi ofrece, por tanto, una brújula experiencial: indica dónde la persona, o el equipo, rinde al máximo.
La «Teoría de la bellota» de James Hillman aporta profundidad motivacional, ayudando a reconocer la vocación y el motivo último de las decisiones.
La «Esencia del Coaching» de Pannitti y Rossi proporciona la estructura metodológica que sustenta la responsabilidad y la autodeterminación.
El «pensamiento lateral» de Edward de Bono abre nuevos caminos, sacando a la luz posibilidades que permanecen ocultas en los enfoques lineales. El resultado es un enfoque capaz de generar empoderamiento, creatividad y orientación, que no se limita a facilitar el cambio, sino que acompaña al cliente —ya sea un líder, un profesional o un particular— en la construcción de una nueva identidad, funcional, auténtica y generativa.
Cada transición —un cambio de rol, un proyecto que llega a su fin, una relación que se acaba, una crisis que se desata— crea una especie de limbo en el que ya no se es lo que se era y aún no se es lo que se será.
Esta etapa intermedia o fase liminal (del latín «limen», umbral) puede reinterpretarse en el coaching como un espacio transitorio de gran plasticidad identitaria, una auténtica cantera de potencial en la que los viejos hábitos ya no resultan funcionales, pero las nuevas posibilidades aún no se han definido. El margen de elección se amplía a medida que surgen significados siempre nuevos y los anteriores se desvanecen en un amplio espectro de posibilidades.
Este «vacío de sentido» es la puerta de entrada a una forma de ser —ya sea personal o profesional— más auténtica y más libre; es aquí donde el cliente puede redescubrir su fuerza, experimentar la capacidad de actuar y crear pequeños logros que le permitan volver a conectar con su identidad.
La labor del coach se centra en reconstruir «microcanales de flujo», es decir, pequeños espacios en los que el cliente recupera la competencia, la concentración y la presencia.
Siguiendo a Csíkszentmihályi, podemos definir estos «microéxitos» como experiencias breves pero estructuradas intencionadamente en las que existe un equilibrio significativo entre el desafío y la competencia, así como entre la motivación y la sensación de eficacia. Los microcanales de flujo actúan, por tanto, como anclas identitarias; no se trata solo de acompañar el cambio, sino de crear un espacio en el que el cliente pueda resurgir con fuerza y conciencia, anclándose en los recursos de los que ha tomado conciencia. Según Pannitti y Rossi, el coaching es eficaz cuando guía al cliente hacia la autoconciencia, la responsabilidad y la acción autodeterminada.
El flujo permite, por tanto, convertir la experiencia en un indicador concreto de dirección, una brújula, una métrica de orientación que permite registrar pequeños avances diarios, reconocer la energía generada y los logros, y llevar un registro de ellos mediante un diario de a bordo.
Desde la perspectiva de «La esencia del coaching», esto es fundamental: un cliente que experimenta competencia es un cliente capaz de actuar y tomar decisiones. El flujo se convierte en un antídoto contra la fractura identitaria, al centrarse en la percepción de la autoeficacia, en la que el coachee siente que funciona y avanza a pequeños pasos, medibles, progresivos y coherentes con su potencial.
En este contexto, el flujo facilita la creación de nuevos hábitos, mientras que las transiciones se convierten en oportunidades para una escucha profunda: aquello que vuelve obstinadamente, aquello que sigue llamando, aquello que el cliente ya no puede ignorar. A este respecto, interviene la visión de Hillman, quien sostiene que cada individuo guarda una «bellota» que corresponde a la imagen originaria de su propia vocación, la cual no se manifiesta en los momentos de estabilidad, sino que resurge más bien en los momentos de crisis y en los deseos e intuiciones que se repiten cíclicamente.
Al unir estos dos conceptos (el flujo y la bellota) ocurre entonces algo poderoso, porque el flujo se convierte en el lenguaje de la bellota, y es la forma en que el daimon se comunica.
Los momentos de flujo revelan lo que le resulta natural a la persona, qué habilidades surgen sin esfuerzo y qué actividades están en sintonía con su vocación interior y no con el condicionamiento externo.
Y para un coach, esto se convierte en un elemento clave, ya que la narrativa identitaria se puede construir a partir de lo que ya se manifiesta.
El enfoque del pensamiento lateral (o divergente), definido por Edward de Bono, también se valora en La esencia del coaching como herramienta para ampliar los esquemas mentales del cliente y como alternativa al pensamiento vertical, es decir, a «esa modalidad lógica que encierra toda la información dentro de modelos preexistentes».En las transiciones, el pensamiento lateral rompe los esquemas lógicos habituales de un cliente atrapado en el pensamiento vertical, genera nuevos canales de consideraciones alternativas y recorridos no lineales y, finalmente, da forma a la vocación contenida en la bellota que guarda todo el potencial del que disponemos.
En conclusión: la vocación, entendida como una bellota, proporciona el sentido y la dirección; el flujo representa su manifestación concreta, observable y medible; la transición se convierte en el laboratorio en el que se puede reescribir la identidad; el pensamiento lateral abre espacios de posibilidad, permitiendo explorar trayectorias alternativas y significados aún no considerados.
Integrar, por tanto, Flow, Ghianda, Pensiero Laterale y los principios de L’essenza del Coaching significa trabajar en el punto exacto en el que la identidad y la acción se encuentran, facilitando procesos de alineación profunda que impulsen al coachee a reconocer, vivir y encarnar la dirección que le es propia, abriendo así una verdadera vía de evolución.
Créditos Nuccia Chiaravalloti
Responsable de formación y formadores – Coach certificado | Lombardía

